Nadie puede negar que esta crisis desencadenada por el covid-19, en cierto modo, nos ha sacado de un “relativo apoltronamiento”. De golpe y porrazo, nos hemos caído de nuestra de la poltrona y nos hemos dado de bruces con la cruda realidad.

¡Qué poca cosa somos! “Un simple microorganismo” como es el coronavirus, ha sido capaz de confinarnos en nuestras casas y plantearnos el modo de vida que hemos desarrollado hasta hoy.

A estas alturas del partido, son muchas cosas las que se han puesto en “cuarentena” y no solo las personas. La política, la sanidad, nuestras relaciones sociales, nuestras creencias. Todo está bajo la lupa de la duda, el miedo y el escepticismo.

No obstante, todo no es tan negro. Hay esperanza. El ser humano ha salido de situaciones muy parecidas a las actuales. Además, en circunstancias como estas, también sale lo mejor de la humanidad. Y si por casualidad, no sale, muchos queremos pensar que sí. Y en la línea de “ese pensar que sí”, quieren ir está palabras. Palabras a modo de reflexión compartida.

De hecho, estás líneas surgen a raíz de haber leído un articulo del periódico digital “Religión confidencial” en el que se hacen eco de un estudio de la Universidad Oberta de Catalunya (UCO), en la que se afirma que la sociedad española no esta tan secularizada como puede pensarse. En cierto modo, es como una contraposición a los datos del CIS que dan por sentado que, al existir más ateos, agnósticos o no creyentes que católicos la sociedad es más secularizada. Pero amigo, hasta el coronavirus pone estos en cuarentena. 

Otra cosa es que desde los medios se intente presentar otra realidad. Sin ir más lejos… ¿Qué medios se ha hecho eco del número de personas que estuvieron siguiendo al papa Francisco el pasado 27 de marzo? Nada más y nada menos que más de un millón en España.

Esto no se genera en un momento. Ni es flor de un día. Es el resultado de una cultura católica que, pese a todo, subyace en nuestro país. Como se explica en el citado estudio… “En un momento de crisis, podemos recurrir a prácticas religiosas casi olvidadas, como el hecho de rezar, como un acto de recuperar la confianza en la adversidad, por ejemplo”. 

Sin ir más lejos, te puedo asegurar amiga o amigo lector, que desde que surgió esta crisis, no he dejado de recibir peticiones de oraciones por personas infectadas o fallecidas y sus familias.

Y quiero entender, que las palabras del periodista de Onda Cero “Carlos Alsina” en el monólogo de su programa “Más de uno” de hoy Viernes Santo. En cierto modo va en esa línea…

“Yo, que soy ateo, quiero creer estos días –-estos días de Semana Santa que evocan el padecimiento y muerte del Cristo— quiero creer que la fe conforta a las personas creyentes que encajan la desaparición de alguien a quien aman. Quiero creer que la fe les ofrece el consuelo que no ha podido ofrecerles la ciencia. La ciencia que, a diferencia de la fe, no puede ir más allá de nuestro conocimiento. Y de las fronteras que, a pesar todos los avances, sigue teniendo.”

Repito, todo esto, desde mi más profundo respeto a quien no piense como yo. Son malos tiempo. Y es que toda una generación de luchadores nos está dejando de una forma casi obscena y poco sé está haciendo por ellos. Al igual que otras personas más jóvenes y tan valiosas como ellos que nos están dejando sin la posibilidad de ser despedidos como se merecen. Al menos, a los creyentes, nos queda el consuelo de la esperanza. Que nos hace tener claro que todos ellos van a lugar mejor que este.

Para terminar, quiero dejar un texto del papa Francisco del pasado 27 de marzo… 

“La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad”.

En pocas palabras… ¡qué poca cosa somos!

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