He de reconocer que la sociedad inglesa “siempre o casi siempre me sorprende”, ya sea para bien, o para mal, pero lo que es indudable, es que, en muchas cuestiones nos gana por goleada. Y eso que, en España últimamente vamos de sociedad avanzada. Al menos así se nos presenta por la izquierda política y mediática. Todo esto viene, como consecuencia de haber leído un articulado de ACEPRENSA titulado “Cuidar las formas para ganar en inclusividad”. 

En el citado artículo, un investigador del Departamento de Zoología de la Universidad de Oxford, que a su vez es el decano y presidente del “college St. Paul” de la universidad de Sydney. En particular del edificio para estudiantes de posgrado, decidió una vez asumido su cargo, el mantener o conservar “las normas de formalidad y etiqueta”.

A primera vista podría resultar algo anacrónico y pasado de moda en términos de “posverdad”. No obstante, Antone Martinho-Truswell, que es el personaje del que estamos hablado. Nos da sus argumentos al respecto.

La formalidad… “Es un bastión contra algunos de los impulsos más desagradables del hombre, y actúa como una vacuna contra nuestra tendencia más peligrosa: crear grupos excluyentes”. Cuestión que aplaudo, pero no deja de sorprenderme, pues en esta sociedad tan avanzada, con demasiada frecuencia no dejo de escuchar a muchos colectivos hablar de inclusividad y sinceramente, casi siempre me topo con una realidad totalmente contraria a ese lenguaje. Pues esos mismos colectivos excluyen a quien ellos consideran. Y la mayoría de las veces, porque piensan ideológicamente de forma contraria.    

Pero más adelante sigue con su argumentario… “El pasado siglo fue bueno para las libertades individuales. La liberalización ha hecho que cada uno pueda vestir, comportarse en la mesa o hablar como quiera. El problema es que ese como quiera, en la práctica, casi siempre ha resultado en lo mismo: vulgaridad”.

Sin embargo, nuestro interlocutor, afina más. Para él, la formalidad es capaz de generar un ambiente de trato de igual a igual, que es independiente de la condición humana y de su pensamiento ideológico. De una forma más especifica… “La formalidad nos proporciona algo inocuo en torno a lo que formar un grupo inclusivo: basta con guardar unas normas y ya nos sentimos iguales”. Es decir, son reglas accesibles a todos y que, a su vez, todo pueden aprender.

Y para terminar… Martinho nos sorprende diciendo que esto ya lo practicaban las antiguas universidad, que es de donde los colleges se nutrían. Que todo ello sí da sensación de pertenencia y a su vez es un factor de inclusión.

¿Entonces…? ¿Qué ha ocurrido para que la Universidad actual-sobre todo en España-, sea un foco de exclusión? Pues creo que tirando del argumentario de Martinho, “la vulgaridad” se ha hecho un hueco y no hay quien la elimine. ¡Al menos de momento!   

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