Alguna que otra vez he escrito en este blog, que eso de escribir no es nada fácil, pues al esfuerzo intelectual de pensar que se va a escribir, hay que unirle el arte de saber escribir, junto con buscar el momento para que todo ello confluya en un texto adecuado, dinámico y que enganche. ¡Hay es nada!

Hoy, os propongo iniciar un diálogo alrededor de un libro, que aún no he terminado de leer, pero que cada capítulo que termino da para mucho. Además, creo que de este modo se le puede sacar más provecho si cabe a la lectura de este.

No sé si conoces al profesor de la Universidad de Toronto y psicólogo clínico Jordan B. Peterson y si has leído su libro 12 Reglas para la vida: Un antídoto contra el caos. Cada capítulo de este es una regla que trabaja de una forma muy clara en día a día de cada uno.

Partiendo de que este mundo funciona bajo la dicotomía del orden o el caos, y sobre todo desde que lo políticamente correcto se ha hecho con las riendas de la sociedad. Para él, “el orden es donde las personas de tu alrededor actúan, de acuerdo con unas normas sociales asumidas, de tal forma que todo resulta predecible y cooperativo”. Por el contrario, el caos “es allí donde-o cuando-ocurre algo inesperado”.

De todos modos, no se quedó aquí, “descubrió”, que “los sistemas de creencias compartidas sirven para que las personas se entiendan mutuamente y también de que esos sistemas no solo se componen de creencias”.

¿Y qué quiere decir esto? Básicamente, que todos vivimos bajo un mismo “código”, el cual, nos da certeza de que todos sabemos que debemos de hacer en todo momento. Pero cuando todo ello se ve amenazado, la gente no lucha por lo que cree. Más bien, “lucha por mantener el punto de coincidencia entre lo que creen, lo que esperan y lo que desean”.

Para reforzar todo ello, es necesario la existencia de un sistema cultural, un sistema de valores, es decir, se necesita una jerarquía de valores donde sé dé importancia a unas cuestiones y a otras no. ¿Pero qué ocurre cuando esto no es así? Pues que aparece “el horror de la existencia” volviéndose incontrolable y dando paso al nihilismo.

Un nihilismo que rechaza todos los principios que podamos tener, ya sean estos religiosos, morales y del cualquier tipo. En definitiva, la vida no tiene sentido y como diría Nietzsche… “Dios ha muerto”. De lo que se deduce, que no hay verdad absoluta y que la realidad es aparente.

Sin embargo, esto ha desembocado en que nuestra sociedad se haya ido alejando de sus tradiciones, religión, e incluso del concepto de nación. Todo ello con la excusa de reducir la confrontación colectiva, hemos ido aceptando lo políticamente correcto.

Ahora más que nunca se hace necesario decir la verdad, arreglar lo que está deteriorado, a la vez que reconstruir lo que se ha roto. Como sociedad necesitamos reglas, patrones y valores.

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